Habló el policía infiltrado en la hinchada de Zíngaros




Foto: El País


En los últimos días trascendió que el Ministerio del Interior habría infiltrado a un grupo policías en la organización Plenaria Memoria y Justicia. Pero esto no es todo.

Según supo este blog, dicha cartera también infiltró agentes del orden en otros grupos que podrían hacer peligrar la paz social, como la Red de Vendedores de Herbalife y el Club de Amigos de Oscar Magurno.

Fue así que llegamos a conversar con Gutiérrez, quien durante años vivió como infiltrado en una de las organizaciones más numerosas y polémicas del Uruguay: la hinchada de los Zíngaros.

El encuentro clandestino tuvo lugar en un oscuro callejón. A la hora que habíamos acordado, el policía llegó entre sombras, luciendo una galera dorada y guantes blancos de lamé.

“Fue terrible”, confesó dándole la primera pitada a su cigarrillo, “llegué a un ensayo sin saber nada del conjunto, y tiempo después me descubrí con una vincha en la cabeza, un globo en una mano y moviendo la pelvis en el Teatro de Verano”. “Es trabajo”, dijo a media voz y volvió a pitar.


A continuación, transcribimos parte de su relato:

“De ese primer ensayo casi no tengo recuerdos. Llegué temprano al club, unas muchachas me invitaron con una cerveza, y a los pocos minutos perdí el conocimiento. Cuando desperté estaba en algo que parecía un templo, escondido bajo tierra. Me rodeaban decenas de adolescentes con velas en las manos, que cantaban algo incomprensible. Tiempo después supe que era la despedida del 95 cantada al revés…
Ya cuando el lugar estaba repleto, las luces se encendieron e irrumpió él, Ariel Pinocho Sosa, que gritó el primer  Zí Zí Zíngaros, imitado demencialmente por el resto. Con esos gritos me rodearon cada vez más, hasta que, temiendo por mi vida, tímidamente lo dije: Zí… Zí… Zíngaros. Entonces todos festejaron, aplaudieron y me abrazaron: era mi ritual de iniciación.

En ese mundo subterráneo viví un par meses. Es un lugar oscuro, lúgubre, con un salón principal, muchos pasillos y habitaciones muy pequeñas. Ahí están todas las escenografías y vestuarios, y un grupo de 50 asiáticos trabaja día y noche cosiendo los trajes del próximo carnaval. Y… esto es terrible (se quiebra)... En una pieza bajo tres llaves tienen a… tienen a Panchito en formol. ¿No te diste cuenta que nunca se lo ve durante el año?...

En ese lugar te adoctrinan para ser un Zíngaro. Todas las mañanas hay que acudir a clase, y tenés materias como Parodismo I, Parodismo II, Apertura de Telón y Vida y Obra de Ariel Pinocho Sosa. Todos los cursos los da él mismo (esboza una sonrisa de afecto)...

Por las tardes te sientan frente a un televisor gigante a mirar viejos espectáculos del conjunto. Y por la noche se trabaja el tema hinchada: cómo organizarse, cómo moverse. Incluso, llegué a recibir instrucciones de un ex líder de la ETA, que poco después renunció al cargo. Dijo que no podía trabajar con gente tan fanática, y se fue.

Así viví durante semanas, hasta que me sometieron a la gran prueba final (realiza una pausa sombría)... Te hacen escuchar interpretaciones de Pinocho y tenés que diferenciar un personaje de otro. No es fácil. Yo respondí bien en el primer intento, pero hay gente que todavía sigue abajo…

Después te largan a la sociedad y vos ya no sos vos. Sos un hincha de Zíngaros, un fanático entre miles y miles… Por suerte, y gracias a la terapia, estoy recuperándome”.

Aun azorados, se nos ocurrió preguntarle en qué año había vivido esa experiencia.

“Fue en 2013. Ese año salimos segundos. ¡Segundos! ¡50 puntos abajo de Nazarenos! ¡Fue una estafa! ¡Una es-ta-fa!”, exclamó mientras comenzaba a enloquecer. “¡No salgo más! ¡Plumífero! ¡Esto es por rubros! ¡Los tupas! ¡Los tupas! ¡Los tupas!”.
Y así, a los gritos se fue alejando Gutiérrez, el policía infiltrado en la hinchada de los Zíngaros. “¡Y bailaré, si bailas junto a mí”, fue lo último que le escuchamos decir.