El fin del lamento boliviano









En épocas en que se difunde la idea (tan peligrosa como falsa) de que ha sido nefasto todo lo ocurrido en América Latina en la última década, saldremos de la agenda para dedicarle unas líneas a Evo Morales y su gobierno.

Según numerosos indicadores, Bolivia es uno de los países de la región que ha mostrado mayor desarrollo económico y progreso social en los últimos años.

Acá van algunos datos:


  • Desde 2006, la economía creció a un promedio anual del 5%; 
  • La inversión pública pasó de 629 millones de dólares en 2005 a 6026 millones en 2016, y a 8229 millones programados para 2017;
  • Actualmente el desempleo se ubica en 4,5%;
  • Entre 2006 y 2017 el salario mínimo se cuadruplicó;
  • 1,6 millones de bolivianos salieron de la pobreza extrema en la última década (el país tiene poco más de 10 millones de habitantes);
  • La diferencia de ingresos entre ricos y pobres pasó de 128 a 46 veces;
  • Entre 2005 y 2016, la clase media aumentó en casi tres millones de personas;
  • La esperanza de vida de los bolivianos escaló de 64 a 71 años.


Pese a todo esto, Morales sólo aparece en la gran prensa cuando incurre en alguna declaración infeliz, o cuando adhiere de forma incondicional al gobierno de Maduro.

Pocos reparan en las virtudes del proceso boliviano, en su capacidad redistributiva a partir de los ingresos del petróleo y del gas, todo lo cual debe enmarcarse en la reconstrucción del Estado como herramienta transformadora y en la autoestima nacional como motor del cambio.

Estabilidad económica e indigenismo, personalismo y desarrollo social, eficiencia y una retórica antiimperialista conviven en el proceso liderado por el Movimiento al Socialismo. Un caso muy particular que deberá ser estudiado en profundidad, evitando el fanatismo político y los lugares comunes en términos económicos, y admitiendo que en los últimos meses algunos indicadores han mostrado cierto retroceso.


Como sea, Bolivia, un país que supo tener un presidente que hablaba mejor el inglés que el español (ni que hablar del aymara), es hoy un Estado Plurinacional digno y soberano, y su población, a todas luces, vive mucho mejor que antes de la llegada al poder de Evo Morales.